Cuando hacemos referencia a la muerte lo primero en lo que pensamos es en el dolor. Asociamos: enfermedad, depende del diagnóstico, posiblemente muerte… La muerte igual a dolor.
Todos hemos podido tener esta experiencia de sentir el dolor: un vacío; un hueco vacío, como Primavera lo define en su libro. Dolor es lo que se siente cuando perdemos a un ser querido: padre, madre, hijo, un amigo. Casi todos hemos pasado por esas situaciones que nos dejan sin palabras.
Pero hay que diferenciar: Cuando vivimos el dolor de la muerte, lo vivimos dependiendo de cómo tuvimos la experiencia de esa muerte. Una de ellas es acompañar a alguien en su muerte cuando recibe el diagnóstico de una enfermedad y lucha hasta que finalmente la enfermedad toma al cuerpo. Porque cuando hablamos de enfermedad se toca el cuerpo; el cuerpo es el afectado; el cuerpo que es lo más privado y lo más propio de cada uno de los hombres; que es lo que construimos; lo más preciado; lo que cuidamos; donde sentimos dolor, le damos la lucha, pero cuando finalmente la enfermedad toma el cuerpo hay un proceso que hacen los familiares y el mismo enfermo. Todos, de alguna manera, en el fondo sabemos que no va a estar y vamos haciendo el duelo. Diferente es cuando la muerte llega imprevista, una contingencia de vida: lo vimos o la vimos salir por esa puerta pero no regresó más… El proceso de vivir la muerte es más fuerte cuando se nos cruza una contingencia de vida.
En esos dos escenarios hay hijos, hay hermanos que viven esa muerte, y si son niños lo viven de cierta manera; porque hay que separar: no es lo mismo la muerte vivida en niños que la muerte vivida en los adolescentes y en nosotros los adultos mismos.
Nosotros, adultos, padres, cuando los niños pasan por una experiencia de muerte inesperada no sabemos qué hacer; si hay niños pensamos ¿les decimos? Dependiendo, si tengo un niño de dos años, o hay niños de tres , cuatro, muchas veces asumimos y decimos "no van a entender", "no les digas nada", "más adelante va a crecer y le vamos a explicar". Es cierto que el niño de dos a tres años no entiende bien todavía esto de la vida o no vida; va entendiendo desde que sabe que el perrito mueve la colita, y que el juguete si él no lo usa o no le da cuerda no se mueve, esos son los conceptos que el niño va construyendo.
El libro Guaguas del cielo define a la muerte, pero antes de definir esa muerte que se da cuando perdemos a un ser, ubica varios elementos que se juegan: el cementerio, uno de ellos. En su capítulo Un día especial en el cementerio, la autora escribe “...ese lugar de donde ya no puede irse. En el cementerio está su cuerpo o lo que queda de él”, miren qué fantástico cómo lo dice. Y en otro capítulo, cuando Lucrecia conversa, en un sueño, con su hermano fallecido Luis, él le manifiesta: “mi cuerpo está hecho polvo, se lo comieron todos los gusanos, ni te lo imagines porque no te va a gustar”, miren qué manera tan bonita de explicar que el cuerpo se va descomponiendo y el niño lo entiende porque a los niños les encanta la tierra, los animalitos. Pero a la vez que describe que ese cuerpo se lo va a comer el gusanito, le da un lugar: ya no voy a ver más a mi hermano Luis, su cuerpo se lo comieron los animalitos, pero yo sé que está ahí, en el cementerio, en la tumba, aunque no lo puedo ver.
Un niño de dos años que todavía no logra entender, no tiene simbolizada la ausencia y presencia de las personas, ve que la mamá se va y llora mucho: ¡no te vayas!, ¡no te vayas!, le grita: ¡mamá no te vayas! Llora porque el niño a esa edad todavía no puede simbolizar y entender que la mamá va a regresar. Es por el convivir y el día a día que va viendo que la mamá regresa y luego deja de llorar cuando ella se va al trabajo. Eso pasa en la muerte, pero el tema es que ese ser ya no va a regresar. Entonces, Primavera le da al cementerio un lugar simbólico, como la casa donde va a estar el cuerpo de su hermano. El cementerio es esa representación simbólica de un lugar donde se encuentran los seres queridos y eso es muy importante.
Se nos explica o se nos dice mucho: "Al fin y al cabo cuando morimos nada me llevo", o "Este cuerpo se lo comen los gusanos". Guaguas del cielo emplea ideas de la cotidianeidad para explicar este tema tan complicado... y habla del alma. La autora dice en el libro: “su alma sigue viva aunque no la pueda ver” y estupendamente equipara el alma con el olor del pan, el olor de las flores que suben hasta el cielo. Esas son cosas que todos hemos vivido. El olor de un pan rico no lo podemos ver y el de las flores tampoco, pero el aroma lo podemos percibir subiendo como el alma al cielo. El cuento equipara eso con lo que es el alma: como eso que no podemos ver, pero que está. ¿Y dónde está? En el cielo. Entonces viene el capítulo donde ella narra “y la vida sigue allá en las nubes”, ¿quién vive en las nubes? El alma de Luis, porque el cuerpo se queda en el cementerio. Eso le puedo explicar a un niño, y no simplemente decirle: se murió el papá, y a veces los niños repiten: “mi mamá dice que mi papá está allá arriba y ¿por qué no baja? ¿Por qué no lo puedo ver? No lo entiende.
En el capítulo La vida sigue allá en las nubes, Primavera hace una fusión estupenda al relacionar el alma con el recuerdo y la imaginación, todos los elementos que tienen los niños. Es a través de la imaginación que Lucrecia puede conversar con su hermano, la imaginación del niño que los adultos pierden. ¿Qué es la imaginación? El niño juega y en el juego imagina que se va a pasear, que está jugando a la casita. El niño, por su imaginación, puede sostener algo de ese padre, o de esa madre, o de ese ser muy querido que murió, y es lo que plasma este capítulo cuando Lucrecia se pierde, se desmaya por el sol, y en esto ella sueña que su hermano le habla y le transmite lo que le tiene que decir a la mamá: que él está bien. Es a través de la imaginación que el niño puede retener y recordar algo de esta persona querida. Lo recuerda porque tuvo experiencias importantes, pasó momentos que para el niño fueron muy decidores en su vida y que no los olvida, porque no es que hay olvido, no podemos decir olvidamos.
No se trata de olvidar, y esto tiene que ver mucho con el tema de la muerte como nos narra Primavera en su libro. Ella lo narra muy bien. No se trata de: ya no lo veo, ya no está el cuerpo, el alma está en el cielo, y entonces no quiero recordar. De lo que se trata es de recordar: el niño o el adolescente recuerda al padre, recuerda esos días, recuerda ese primo, lo recuerda. Pero la diferencia está en que cuando uno recuerda, en la medida en que va pasando el tiempo ese recuerdo ya no causa tanto dolor. De lo que se trata es de que cuando venga el recuerdo ya no duela. De eso se trata en la muerte. Al principio el recuerdo es muy doloroso y todo mundo cuida de que trate de no recordar, pero eso es imposible.
Hay un gran dolor, que la autora denomina un gran hueco vacío, pero que se llena del amor que sienten por Luis, es el amor que lleva a Lucrecia y a su madre a recordar y no olvidar lo vivido con él. El recuerdo se mantiene por el amor, que en Guaguas del cielo son las chispas que salen del corazón.
No he leído antes una descripción de la muerte tan sencilla y bella como la que nos da Guaguas del cielo.
No he leído antes una descripción de la muerte tan sencilla y bella como la que nos da Guaguas del cielo.
- El texto ha sido editado de acuerdo a la intervención y notas de la Psic. Ana Durán Vera durante el conversatorio que sobre Guaguas del cielo se dio en el MAAC -Guayaquil- el jueves 26 de enero del 2017

